20 de noviembre de 2007

Viva la Santa Federación

¡Milicianos del departamento del norte! ¡Valientes soldados federales, defensores denodados de la Independencia de la República y de América!

Los insignificantes restos de los salvajes traidores unitarios, que han podido salvarse de la persecución de los victoriosos ejércitos de la Confederación y orientales libres, en las memorables batallas de Arroyo Grande, India Muerta y otras; que pudieron asilarse detrás de las murallas de la desgraciada ciudad de Montevideo, vienen hoy sostenidos por los codiciosos marinos de Francia e Inglaterra, navegando las aguas del Gran Paraná, sobre cuyas costas estamos para privar su navegación bajo de otra bandera que no sea la Nacional

¡Vedlos camaradas, allí los tenéis!... ¿No es verdad camaradas? ¡¡Vamos a probarlo!! ¡¡Suena ya el cañón!! Ya no hay paz ni con Francia ni con Inglaterra ¡¡Mueran los enemigos!! Tremole en el Río Paraná y en sus costas el pabellón azul y blanco, y muramos todos antes que verlo bajar de dónde flamea. Sea ésta vuestra resolución, a ejemplo del heróico y gran porteño, nuestro querido Gobernador Brigadier General Don Juan Manuel de Rosas, y para llenarla contad con ver donde sea mayor el peligro a vuestro Jefe y compatriota, el General.

¡Viva la Patria! ¡Viva la Independencia!
¡Viva su heróico defensor Don Juan Manuel de Rosas!
¡Mueran los salvajes unitarios y sus viles aliados anglo-franceses!

Proclama del General Lucio Mansilla en la Batalla de la Vuelta de Obligado el 20 de noviembre de 1845. Al término de su lectura ante la tropa formada, ordenó a la Banda del Regimiento de Patricios entonar el Himno Nacional Argentino, al tiempo que mandaba a las baterías abrir fuego sobre los buques invasores al grito de Viva la Patria

10 de noviembre de 2007

Mojón de soberanía


Oh Dios, señor de los que dominan, Guia Supremo que tienes en tus manos las riendas de la vida y la muerte.

Escúchame:

Haz, Señor, que mi alma no vacile en el combate, y mi cuerpo no sienta el temblor del miedo. Haz que te sea fiel en la guerra, como lo fui en la paz. Haz que el silbido agudo de los proyectiles alegren mi corazón. Haz que mi espíritu no sienta la sed, el hambre, el cansancio y la fatiga, aunque lo sientan mis carnes y mis huesos.

Haz que mi alma, Señor, esté siempre dispuesta al sacrificio y al dolor, que no rehuya, ni en la imaginación siquiera, el primer puesto de combate, la guardia mas dura en la trinchera, la misión más difícil en el ataque. Pon destreza en mi mano para que el tiro sea certero, y caridad en mi corazón. Haz, por favor, que sea capaz de cumplir lo imposible, que desee morir y vivir al mismo tiempo. Morir como tus Santos Apóstoles, como tus Viejos Profetas, para llegar a Ti. Señor te pido que mi cuerpo sepa morir con la sonrisa en los labios, como murieron tus mártires.

Te ruego mantengas mi arma en vela y mi oído atento a los ruidos de la noche. Te pido por mi guardia constante en el amanecer de cada día y por mis jornadas de sed, hambre, fatiga y dolor. Si llegara a cumplir estos anhelos, podrá entónces mi sangre correr con júbilo por los campos de mi Patria, y mi alma subir tranquila a gozarte en el tiempo sin tiempo de la eternidad.

Señor, ayúdame a vivir, y de ser necesario, a morir como un soldado.

Concédeme Oh! Rey de las Victorias, el perdón de la soberbia. He querido ser el soldado mas valiente de mi Ejército y el argentino más amante de mi Patria. Perdóname este orgullo, Señor.

Escrito encontrado en la libreta de combate del Sargento Mario Antonio "perro" Cisnero. Caído en combate en la Gesta de Malvinas en 1982.

5 de noviembre de 2007

Honor guerrero

Explota de orgullo el corazón del bisoño cadete ante las estrofas del Himno Nacional, suda el alma en las pruebas atléticas, aplica el intelecto en los exámenes académicos, y censura un nudo de emoción en su garganta al recibir su primer uniforme, el uniforme de la Patria.

Antes de poder darse cuenta de lo que estaba pasando, ya se presentaba en su primer destino, su primer Unidad, su primer tropa de cuadros permanentes a cargo.

La crudeza golpeó su rostro con guante de hierro, sus jóvenes camaradas caían a su alrededor presas del odio rojo sediento de sangre patriota y católica. No esquivó el zarpazo del maligno y su mejilla se marcó para siempre, lo mismo que su espíritu.

No odia al enemigo, el amor a Dios y la Patria lo movilizan, lo impulsan, lo convierten en un soldado de la Causa Nacional.

Combate con sacrificio, abnegación y entrega. Es humilde y sencillo cual fiel seguidor del ejemplo sanmartiniano, sus medallas son los besos de sus hijos y el cariño de su esposa, las otras son solo adornos de la vestimenta.

Siguen cayendo camaradas, ahora no solo son sus compañeros de promoción sino también sus hijos de armas, sus bisoños soldados. Un jirón de su ser se va con cada uno de ellos al dejarlos en la morada final, cual centinelas eternos que vivirán por siempre en cada nuevo reemplazo, que al escuchar el llamado a quién ya partió, a viva voz responde: ¡¡¡ Presente !!!

Su mujer también libra el buen combate, los Rosarios se desgranan entre sus dedos en las noches de soledad y ante los llantos de sus hijos. No se lo cuenta, él ya tiene bastante sufrimiento en los montes tucumanos, en las calles y en los cuarteles.

Al regresar a su hogar con la mochila cargada de terribles experiencias y los cargadores vacíos pero aún sedientos de hacer tronar el escarmiento, la abnegada y valiente mujer, pilar esencial de la familia castrense, lo recibe con cariño y lame sus heridas cual leona que cura a su combatiente.

Los años pasan y la calma vuelve a reinar por un tiempo. Los hijos crecen, se casan y a su vez tienen más hijos.

El guerrero ha guardado su armadura y su espada, quiere la paz. Pero la verdadera, no aquella que le venden los políticos mediáticos de la faláz democracia, sino aquella que perdura y por la que vale la pena dar la vida en el campo del honor.

Los hijos de la oscuridad toman el poder y juran venganza. Ellos no son guerreros, son la escoria, la resaca cobarde que se escondía debajo de la cama pero que hoy levanta rojas banderas.

Sin juicio, sin ley, sin verdad, sin piedad es condenado.
La oscura celda es iluminada por su honor y dignidad de soldado, los recuerdos alegran su espíritu en tan aciagos momentos, la soledad es dispersada con los rostros de sus seres queridos, la paz colma su corazón pues la conciencia tranquila tiene. Sus camaradas caídos vienen a visitarle cada noche, dejándole un dulce sabor en cada amanecer para que afronte el día a día como él bien sabe hacerlo, como un guerrero.

Hoy sufre prisión, pero es solamente una nueva batalla en esta guerra eterna. No está solo, no está olvidado, no tiene por qué pedir perdón.

Este trance lo toma con canas en su cien, sus huesos no son los de antes y le dulen, sus músculos ya no deleitan a las muchachas, y aunque sus pasos son cansinos guardan todavía la marcialidad.

Su honor es el mismo, el honor sano, puro, tranquilo y férreo del guerrero. Por eso sabe que suya será la victoria, aunque los festejos de hoy tengan olor a azufre. Las puertas del infierno no prevalecerán.

Soy la abnegación desconocida
Soy la pena ignorada
Soy la sangre vertida
con todo el sacrificio de la vida,
sin otra ambición en mi carrera,
que un jirón de Bandera
que sepulte mis huesos en la nada

3 de noviembre de 2007

El imperio de la nada

La nada para el mundo occidental es el concepto filosófico que se refiere a la ausencia de cualquier materia, espíritu, esencia y pensamiento, teniendo mucho cuidado de no caer en la falacia de conceptualizar a la nada como algo en sí mismo, puesto que entonces dejaría de ser el vacío absoluto para convertirse en una cosa (este error es el cometido por la teoría marxista de la reificación de Georg Lukács)

El mundo moderno ha pontificado la nada, no solo integrándola a la cotidianeidad sino haciéndola carne en el espíritu de la sociedad. Lo absoluto no existe, lo perdurable no tiene valor, lo trascendente es arcaico y el futuro es ayer.


El imperio de la nada es la victoria de la involución de la especie humana. El hombre ha perdido el soplo divino que Cristo insufló en su ser, y se transformó en un licuado de ADN que trabaja, compra, procrea, comercia y actúa según los mandatos que los dioses paganos predican por los medios de comunicación. La mediocridad impera.


Trabajar es un deber, pero no porque con ello se dignifique a la persona colocándola en el trono que Dios le ha dado sobre todo lo creado, sino que es lo imprescindiblemente necesario para adquirir los bienes y servicios que la sociedad consumista proclama como esencial.


Estudiar es algo secundario, programable, discutible, adaptable a las costumbres de cada estudiante, siendo éstos los regidores de sus propios planes de estudio y no los académicos. La profesionalidad se ha devaluado al grado de que se considera una carrera terciaria aquello que hasta hace pocos años era menester de los cocineros de fonda. Una licenciatura o un magisterio se logran en un congreso de fin de semana, dónde el tiempo de canapés y brindis son mas extensos que las conferencias y comisiones de trabajo.


La cibernética y las telecomunicaciones incomunican a los humanos, distanciándolos al grado que un compañero de trabajo envía un e-mail a su colega sentado a tres metros de distancia para comunicarle una novedad. Las empresas fuerzan este distanciamiento interpersonal para que la toma de decisiones drásticas no se medite, la moral y sentimiento de culpa no existen a la hora de despedir un empleado o trasladar una fábrica condenando así a centenares de familias, puesto que no son caras ni nombres, tan solo son números en un monitor.


La familia es un estado de ánimo, una idea pasible de ser reformulada de acuerdo a los intereses circunstanciales de los actores integrantes de esta PyME, quedando solo para la añoranza de algún cavernícola el lema que rezaba “la familia es la célula base de toda sociedad”


Dios es lo que el hombre quiere que sea, las Sagradas Escrituras se analizan y discuten con la seriedad de los textos ofrecidos en góndolas de supermercados, y las autoridades eclesiásticas carecen de toda autoridad hasta con ellos mismos. Cualquier acérrimo pecador tirará la primer, segunda y tercer piedra sin complejo alguno, y hasta por divertimento.

Desde que el hombre fue creado (a imagen y semejanza del Creador) ha vagado por el mundo en la búsqueda de la felicidad, la superación de sí mismo, el enaltecimiento de las artes y las ciencias, el bien común y la perpetuidad de la especie. Este laborioso empeño lo ha motivado durante miles de años, sacándolo de la intemperie y la caza de animales salvajes, para llevarlo a los rascacielos con heladeras bien provistas.


La Ultima Cena de Leonardo Da Vinci, el David de Miguel Angel, La Pasión Según San Mateo de J.S. Bach y El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha de Miguel de Cervantes son claros ejemplos de que el hombre cuando tiene a Dios como centro en su vida es capaz de elevar su espíritu hasta niveles que él mismo desconocía.


La fuerza arrolladora que impulsó al ser-humano a superarse no fue la avaricia ni la lúdica búsqueda del poder mundial, sino intentar recuperar la gracia divina perdida en la expulsión del paraíso.


En las sociedad moderna con la finalidad de lograr mayor velocidad cual bólido de Fórmula Uno, el hombre se quitó las cargas de sus hombros, es decir a Dios, las responsabilidades, las culpas, los deberes, los objetivos trascendentales y el esfuerzo para lograr las metas. El hombre se convirtió en un flamante automóvil de competición, puro plástico y aleaciones livianas.


El imperio de la nada llena el espíritu de la sociedad, y cuando esto sucede el hombre se convierte en nada.