5 de noviembre de 2007

Honor guerrero

Explota de orgullo el corazón del bisoño cadete ante las estrofas del Himno Nacional, suda el alma en las pruebas atléticas, aplica el intelecto en los exámenes académicos, y censura un nudo de emoción en su garganta al recibir su primer uniforme, el uniforme de la Patria.

Antes de poder darse cuenta de lo que estaba pasando, ya se presentaba en su primer destino, su primer Unidad, su primer tropa de cuadros permanentes a cargo.

La crudeza golpeó su rostro con guante de hierro, sus jóvenes camaradas caían a su alrededor presas del odio rojo sediento de sangre patriota y católica. No esquivó el zarpazo del maligno y su mejilla se marcó para siempre, lo mismo que su espíritu.

No odia al enemigo, el amor a Dios y la Patria lo movilizan, lo impulsan, lo convierten en un soldado de la Causa Nacional.

Combate con sacrificio, abnegación y entrega. Es humilde y sencillo cual fiel seguidor del ejemplo sanmartiniano, sus medallas son los besos de sus hijos y el cariño de su esposa, las otras son solo adornos de la vestimenta.

Siguen cayendo camaradas, ahora no solo son sus compañeros de promoción sino también sus hijos de armas, sus bisoños soldados. Un jirón de su ser se va con cada uno de ellos al dejarlos en la morada final, cual centinelas eternos que vivirán por siempre en cada nuevo reemplazo, que al escuchar el llamado a quién ya partió, a viva voz responde: ¡¡¡ Presente !!!

Su mujer también libra el buen combate, los Rosarios se desgranan entre sus dedos en las noches de soledad y ante los llantos de sus hijos. No se lo cuenta, él ya tiene bastante sufrimiento en los montes tucumanos, en las calles y en los cuarteles.

Al regresar a su hogar con la mochila cargada de terribles experiencias y los cargadores vacíos pero aún sedientos de hacer tronar el escarmiento, la abnegada y valiente mujer, pilar esencial de la familia castrense, lo recibe con cariño y lame sus heridas cual leona que cura a su combatiente.

Los años pasan y la calma vuelve a reinar por un tiempo. Los hijos crecen, se casan y a su vez tienen más hijos.

El guerrero ha guardado su armadura y su espada, quiere la paz. Pero la verdadera, no aquella que le venden los políticos mediáticos de la faláz democracia, sino aquella que perdura y por la que vale la pena dar la vida en el campo del honor.

Los hijos de la oscuridad toman el poder y juran venganza. Ellos no son guerreros, son la escoria, la resaca cobarde que se escondía debajo de la cama pero que hoy levanta rojas banderas.

Sin juicio, sin ley, sin verdad, sin piedad es condenado.
La oscura celda es iluminada por su honor y dignidad de soldado, los recuerdos alegran su espíritu en tan aciagos momentos, la soledad es dispersada con los rostros de sus seres queridos, la paz colma su corazón pues la conciencia tranquila tiene. Sus camaradas caídos vienen a visitarle cada noche, dejándole un dulce sabor en cada amanecer para que afronte el día a día como él bien sabe hacerlo, como un guerrero.

Hoy sufre prisión, pero es solamente una nueva batalla en esta guerra eterna. No está solo, no está olvidado, no tiene por qué pedir perdón.

Este trance lo toma con canas en su cien, sus huesos no son los de antes y le dulen, sus músculos ya no deleitan a las muchachas, y aunque sus pasos son cansinos guardan todavía la marcialidad.

Su honor es el mismo, el honor sano, puro, tranquilo y férreo del guerrero. Por eso sabe que suya será la victoria, aunque los festejos de hoy tengan olor a azufre. Las puertas del infierno no prevalecerán.

Soy la abnegación desconocida
Soy la pena ignorada
Soy la sangre vertida
con todo el sacrificio de la vida,
sin otra ambición en mi carrera,
que un jirón de Bandera
que sepulte mis huesos en la nada