3 de noviembre de 2007

El imperio de la nada

La nada para el mundo occidental es el concepto filosófico que se refiere a la ausencia de cualquier materia, espíritu, esencia y pensamiento, teniendo mucho cuidado de no caer en la falacia de conceptualizar a la nada como algo en sí mismo, puesto que entonces dejaría de ser el vacío absoluto para convertirse en una cosa (este error es el cometido por la teoría marxista de la reificación de Georg Lukács)

El mundo moderno ha pontificado la nada, no solo integrándola a la cotidianeidad sino haciéndola carne en el espíritu de la sociedad. Lo absoluto no existe, lo perdurable no tiene valor, lo trascendente es arcaico y el futuro es ayer.


El imperio de la nada es la victoria de la involución de la especie humana. El hombre ha perdido el soplo divino que Cristo insufló en su ser, y se transformó en un licuado de ADN que trabaja, compra, procrea, comercia y actúa según los mandatos que los dioses paganos predican por los medios de comunicación. La mediocridad impera.


Trabajar es un deber, pero no porque con ello se dignifique a la persona colocándola en el trono que Dios le ha dado sobre todo lo creado, sino que es lo imprescindiblemente necesario para adquirir los bienes y servicios que la sociedad consumista proclama como esencial.


Estudiar es algo secundario, programable, discutible, adaptable a las costumbres de cada estudiante, siendo éstos los regidores de sus propios planes de estudio y no los académicos. La profesionalidad se ha devaluado al grado de que se considera una carrera terciaria aquello que hasta hace pocos años era menester de los cocineros de fonda. Una licenciatura o un magisterio se logran en un congreso de fin de semana, dónde el tiempo de canapés y brindis son mas extensos que las conferencias y comisiones de trabajo.


La cibernética y las telecomunicaciones incomunican a los humanos, distanciándolos al grado que un compañero de trabajo envía un e-mail a su colega sentado a tres metros de distancia para comunicarle una novedad. Las empresas fuerzan este distanciamiento interpersonal para que la toma de decisiones drásticas no se medite, la moral y sentimiento de culpa no existen a la hora de despedir un empleado o trasladar una fábrica condenando así a centenares de familias, puesto que no son caras ni nombres, tan solo son números en un monitor.


La familia es un estado de ánimo, una idea pasible de ser reformulada de acuerdo a los intereses circunstanciales de los actores integrantes de esta PyME, quedando solo para la añoranza de algún cavernícola el lema que rezaba “la familia es la célula base de toda sociedad”


Dios es lo que el hombre quiere que sea, las Sagradas Escrituras se analizan y discuten con la seriedad de los textos ofrecidos en góndolas de supermercados, y las autoridades eclesiásticas carecen de toda autoridad hasta con ellos mismos. Cualquier acérrimo pecador tirará la primer, segunda y tercer piedra sin complejo alguno, y hasta por divertimento.

Desde que el hombre fue creado (a imagen y semejanza del Creador) ha vagado por el mundo en la búsqueda de la felicidad, la superación de sí mismo, el enaltecimiento de las artes y las ciencias, el bien común y la perpetuidad de la especie. Este laborioso empeño lo ha motivado durante miles de años, sacándolo de la intemperie y la caza de animales salvajes, para llevarlo a los rascacielos con heladeras bien provistas.


La Ultima Cena de Leonardo Da Vinci, el David de Miguel Angel, La Pasión Según San Mateo de J.S. Bach y El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha de Miguel de Cervantes son claros ejemplos de que el hombre cuando tiene a Dios como centro en su vida es capaz de elevar su espíritu hasta niveles que él mismo desconocía.


La fuerza arrolladora que impulsó al ser-humano a superarse no fue la avaricia ni la lúdica búsqueda del poder mundial, sino intentar recuperar la gracia divina perdida en la expulsión del paraíso.


En las sociedad moderna con la finalidad de lograr mayor velocidad cual bólido de Fórmula Uno, el hombre se quitó las cargas de sus hombros, es decir a Dios, las responsabilidades, las culpas, los deberes, los objetivos trascendentales y el esfuerzo para lograr las metas. El hombre se convirtió en un flamante automóvil de competición, puro plástico y aleaciones livianas.


El imperio de la nada llena el espíritu de la sociedad, y cuando esto sucede el hombre se convierte en nada.